El centro pone el foco en la dimensión social, económica y ambiental del problema y en las medidas que pueden impulsarse desde el ámbito hospitalario
Con motivo del Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, que se celebra cada 29 de septiembre, el Hospital Universitario Torrecárdenas, perteneciente al Servicio Andaluz de Salud (SAS) de la Consejería de Sanidad, Presidencia y Emergencias, quiere contribuir a sensibilizar sobre un problema de importantes dimensiones sociales, económicas y ambientales y destacar el papel que pueden desempeñar también los centros sanitarios en su prevención.
Esta jornada fue establecida por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2019 y se celebró por primera vez en 2020. La iniciativa, promovida por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), se enmarca en los Objetivos de Desarrollo Sostenible y, específicamente, en la meta 12.3, que plantea reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos por habitante en los ámbitos del comercio minorista y los consumidores y reducir las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro antes de 2030.
El doctor Pedro Mezquita, jefe del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario Torrecárdenas, ha señalado que «cuando se desperdicia un alimento no se pierde únicamente ese alimento. También se desaprovechan todos los recursos empleados para producirlo, transportarlo, conservarlo, prepararlo y servirlo». En este sentido, ha destacado que «reducir el desperdicio alimentario constituye una oportunidad para mejorar simultáneamente la eficiencia, la sostenibilidad y la utilización responsable de los recursos».
La magnitud del problema es considerable. Según Naciones Unidas, alrededor del 13 % de los alimentos producidos se pierde entre la cosecha y su llegada al comercio minorista. A ello se añade que aproximadamente el 19 % de los alimentos disponibles para los consumidores termina desperdiciándose en los hogares, los servicios de alimentación y el comercio minorista, lo que equivale a unos 1.050 millones de toneladas de alimentos al año.
Reducir el desperdicio también desde los hospitales
Los hospitales constituyen entornos especialmente complejos desde el punto de vista de la alimentación. Cada día deben planificarse, elaborarse y distribuirse un elevado número de menús, adaptados además a diferentes patologías, necesidades nutricionales, alergias, texturas y situaciones clínicas. Los cambios en el estado del paciente, las altas hospitalarias, los ayunos por procedimientos diagnósticos o terapéuticos y las modificaciones de dieta pueden provocar que parte de los alimentos preparados finalmente no llegue a consumirse.
Por ello, la reducción del desperdicio alimentario en el ámbito hospitalario requiere conocer primero dónde, cuánto y por qué se produce. Entre las medidas que pueden desarrollarse se encuentran la medición periódica de los alimentos preparados y no consumidos; la identificación de las áreas, menús o dietas en las que se genera mayor desperdicio; una mejor adecuación entre la producción y el número real de pacientes; y la actualización ágil de las altas, los ayunos y los cambios de dieta.
También pueden contribuir la mejora de los sistemas de petición y planificación de menús, la adecuación de las cantidades servidas cuando sea posible sin comprometer las necesidades nutricionales, una mayor coordinación entre las unidades de hospitalización, Cocina, Hostelería y los profesionales responsables de la atención nutricional, así como el seguimiento de indicadores que permitan comprobar si las medidas implantadas consiguen reducir progresivamente los alimentos desechados.
El objetivo es avanzar hacia un modelo de alimentación hospitalaria cada vez más eficiente, sostenible y ajustado a las necesidades reales de los pacientes, manteniendo siempre como prioridades la seguridad alimentaria y una adecuada atención nutricional.
Desde el Hospital Universitario Torrecárdenas se recuerda que la lucha contra el desperdicio alimentario requiere la participación conjunta de instituciones, profesionales, empresas y ciudadanos, y que el ámbito sanitario puede contribuir activamente mediante la concienciación, la medición del problema y la implantación progresiva de medidas de mejora.
Un problema con importantes repercusiones económicas y ambientales
La pérdida y el desperdicio de alimentos tienen también un elevado coste económico. La FAO estima que las pérdidas de alimentos producidas antes de llegar al comercio minorista representan cientos de miles de millones de dólares cada año, mientras que Naciones Unidas sitúa el coste económico mundial del desperdicio de alimentos por encima del billón de dólares anuales.
A ello se suma el impacto ambiental derivado de producir alimentos que finalmente no llegan a consumirse. Su producción, transporte, conservación y eliminación implican un consumo innecesario de agua, energía, suelo y otros recursos naturales. Además, las pérdidas y el desperdicio de alimentos son responsables de una parte relevante de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.
En 2026, la celebración internacional pone el acento en el potencial transformador de reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos, destacando que actuar sobre este problema puede generar simultáneamente beneficios para la seguridad alimentaria y la nutrición, disminuir la presión sobre los recursos naturales y favorecer una mayor productividad y eficiencia económica.



